Un israelí en Bahrein, vivir para contarlo

29/Mar/2017

Enlace Judío México, Por Nick Lieber (traducido por Silvia Schnessel)

Un israelí en Bahrein, vivir para contarlo

Hay pocas cosas (al menos, que haya
experimentado) tan aterradoras como ser un israelí en medio de un bar lleno de
gente en el Reino de Bahrein mientras un chico saudita bromea – en voz alta –
que eres del Mossad.
Quiero decir, las bromas del Mossad pueden ser
bastante divertidas, pero no tanto cuando estás en un país que se considera
públicamente como enemigo de Israel, en una región del mundo donde ser acusado
de ser un agente israelí equivales a menudo a ser condenado a muerte, y no
tienes ni idea de quién puede estar escuchando.
Pero acabó bien.
En enero tomé la decisión de viajar a Bahrein,
un pequeño reino de islas en el Golfo de Arabia (o Golfo Pérsico), cerca de
Arabia Saudita y Qatar, y aunque mis amigos pensaban que estaba loco, siempre
confié en mi decisión … al menos hasta febrero, cuando llegó el momento de ir.
Entonces, me encontré negándome a llevar un
desinfectante para las manos porque no pude encontrar uno sin letras hebreas en
la botella (me arrepentí más tarde), sacando mi seguro, las tarjetas de autobús
y de crédito – y sobre todo mi identificación de reservista de las FDI de mi
billetera, y cambiar la configuración de la hora y fecha en mi teléfono de
israelí a estadounidense. Por no hablar de sentirme bastante mal en las horas
antes de abordar el avión.
Todo eso resultó ser una enorme pérdida de
tiempo. Fue un gran viaje. Todo la gente que encontré era encantadora, y
realmente no podría haberles importado menos que yo fuera israelí. Y sí, lo
sabían.
Dado que pasé el año pasado acercándome a la
gente en todo el mundo árabe a través de los medios de comunicación sociales,
tenía varios amigos virtuales en Bahrein, así como en Dammam – la ciudad
saudita a unos 45 minutos de Bahrein al otro lado del puente King Fahd Causeway
– y les dije a todos que viajaba.
Aunque eso hizo que mis amigos en Israel
pensaran que aun estaba más loco, realmente fue eso lo que hizo que el viaje
fuera lo que fue.
(Importante parar un momento para observar dos
cosas: Primero, pasé tiempo con un subconjunto específico de árabes.
Principalmente jóvenes, bien educados, ricos, sunitas y, obviamente, no muy religiosos
– como verán por las bebidas. No dudo que habría recibido una recepción
diferente si hubiera tenido la oportunidad de interactuar con diferentes
comunidades. En segundo lugar, aunque viajaba con mi pasaporte americano,
Bahrein es el único país en el Golfo que no niega automáticamente la entrada a
los israelíes).
Fui a tomar unas copas en el Four Seasons y el
Ritz Carlton separado por un paseo por la feria gastronómica de Bahrein con la
actuación de un grupo de baile indio. Los kuwaitíes entusiasmados me tocaban la
bocina celebrando su día nacional mientras circulaban con las banderas
kuwaitíes en sus coches. Fui a tomar algo en un lugar llamado Big Texas
Barbeque & Waffle House con una personalidad de la televisión árabe.
Y – menos divertido – gasté cantidades no
razonables de dinero en verduras porque las traían desde todo el mundo. Los
aguacates procedían de Estados Unidos, las cebollas de la India, las zanahorias
de Australia, los pepinos de Jordania y los tomates de Arabia. Un gran
inconveniente.
Gracias a un amigo saudí, terminé en una
fiesta de cumpleaños en una mansión frente a la playa en una isla construida
artificialmente (los pequeños países del Golfo son conocidos por construir
islas artificiales para aumentar su terrenos) rodeado de borrachos saudíes y
kuwaitíes – que sielen viajar al Bahrein mucho más liberal socialmente los
fines de semana.
Una chica saudita, a quien mi amigo más tarde
describió como “una de los más grandes bailarinas (de la danza del vientre) en
Arabia”, se ofreció invitarme a visitar Arabia Saudí, la única manera de que
los extranjeros no musulmanes viajen al reino notoriamente cerrado y
conservador por razones que no sean comerciales.
Momentos antes o después – es difícil decirlo
– un chico kuwaití con el que había estado hablando me aseguró que sin duda
Israel estaba trabajando con Irán e ISIS contra los países árabes sunitas. Creo
que mi respuesta a eso fue algo convincente como, “No, estamos del lado de
ustedes”.
Y más temprano en la noche, cuando nos
detuvimos en un restaurante indio para recoger algunas botellas de vodka (fuera
de los canales legalmente aprobados), otro saudí me llamó la atención porque, a
su juicio, el conflicto israelí-palestino es soldados israelíes fuertemente
armados contra palestinos que “sólo” tienen piedras.
Aunque obviamente estas caracterizaciones de
Israel y el conflicto son incorrectas, era bastante asombroso poder tener estas
conversaciones en Bahrein, de una manera mucho más civil y respetuosa que la
que tienen a menudo en América o Europa.
Israel también surgió de otras maneras mucho
más inesperadas.
Una tarde, hice un recorrido por la Mezquita
Al Fateh, una de las más grandes del mundo, construida hace tres décadas por el
padre del actual rey de Bahrein. Suponiendo que el guía turístico trabajaba
para el gobierno, y por lo tanto no estaría encantado de saber que estaba
haciendo un tour a un judío israelí, esta fue una de las pocas veces que
intencionalmente oculté mi identidad israelí.
Hubo tantas oportunidades de mencionarlo, sin
embargo. Cuando me dio la etimología incorrecta de la palabra aleluya, que
intentó conectar con el árabe de alguna manera. (Reservar mis pensamientos para
mí mismo en ese momento fue probablemente una de las cosas más difíciles que he
tenido que hacer en mucho tiempo)
Cuando mencionó que el hebreo, que él trajo a
colación para explicar que el árabe es una lengua semítica que se escribe de
derecha a izquierda, es el idioma oficial de Israel. Sí, dijo Israel. No
Palestina ni la entidad sionista ni nada por el estilo.
Y cuando mencionó que no hay mezquitas en las
que se prohíba entrar a los no musulmanes, yo mencioné la mezquita de Al Aqsa
en Jerusalem, esperando que dijera algo negativo sobre Israel. Mencionó
brevemente una compleja situación política y de seguridad, aunque estoy
bastante seguro de que eso no tiene nada que ver con ello, pero eso fue todo.
Me quedé impactado.
No tan sorprendido, sin embargo, como lo fui
cuando entré en un supermercado una tarde y escuché – ¡atentos! – una canción
israelí sonando en el altavoz. Como se pueden imaginar, pasé los próximos
minutos tratando torpemente de filmarlo en video sin llamar demasiado la
atención.
Realmente sólo hubo un par de veces en que
sentí miedo en Bahrein, y ningún caso en el que realmente tuviera una razón
real.
Una noche, me senté con mi amigo de Bahrein en
el Fuerte de Bahrein, un fuerte portugués del siglo XVI construido sobre las
ruinas de varias civilizaciones que data del 2300 aC, mirando hacia el mar
hacia Irán cuando oímos un fuerte ruido.
No es algo que en otras circunstancias
recordaría. Pero se me quedó en la mente porque bromeé con mi amigo en el
momento que el sonido era Irán que venía a capturarme.
Un día o dos más tarde, un amigo jordano me
envió un mensaje de texto preguntándome si estaba bien, ya que había habido una
explosión en Bahrein. No había oído nada al respecto, pero después de una
rápida búsqueda, vi que había habido una explosión no muy lejos de donde
estábamos sentados.
Fue algo desconcertante ser un israelí cerca
de la escena de un ataque terrorista, no porque sospechara que fuera un blanco,
sino porque me preocupaba que pudiera ser sospechoso de llevarlo a cabo. Mi
amigo jordano no ayudó al bromear que probablemente era una operación secreta y
yo era un espía israelí
Entonces, ¿qué aprendí de este viaje aparte de
que soy irracionalmente paranoico y que a los árabes les gusta hacer bromas del
Mossad? Es que los árabes dispuestos a tener un diálogo con los israelíes están
ahí fuera, y no son pequeños en número. Sólo tenemos que involucrarnos con
ellos.